martes, 12 de octubre de 2010

En el Cielo Dios. En la Tierra Dios.

Un día decidimos nacer, nos levantamos de la cómoda arena y caminamos, corrimos hacia el río de vida. De a poco fuimos mojándonos en la vida, cada uno en su camino pero unidos al mismo tiempo. Unidos porque siempre fuimos uno y separados porque algunos se encontraban más adelante en el camino, a otros les costaba entrar.
Nos encontramos con el sufrimiento, tres personas paradas al principio del río, olvidándonos de nuestro cuerpo, del dolor. Sosteniendonos en el Espíritu, para que podamos resistir, podamos vivir y ninguno se acobarde.
Mientras lo externo cada vez nos despojaba más de lo poco externo que poseíamos para cubrirnos del recrudecido frío ¡Esa toalla es mia! Y la toalla dejó de abrigar un cuerpo ¡Permiso! Y nos deslizamos dejando libre el paso. Todavía estabamos vivos y todavía teniamos un cuerpo.
De a poco fuimos muriendo abandonando el río, terminando de morir en nuestras cruces.
Pablito libera energía, Kayita la recibe, me alienta y doy otro paso, devolviendo esa energía a Pablito quizás multiplicada por el logro, Pablito tiene 1 minuto más de fuerza. Finalmente morimos en el calor de la arena, después de la tormenta siempre sale el Sol.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Título, perfecto.
Si pablo se pudiese dar cuenta de lo importante que fue esa experiencia para nosotoras, no sé, moriría.
No hay más palabras, a partír del momento en el que decidimos entrar en el agua, mar adentro aunque no sea mar. Todo cambió.